Un día mi padre me contó una historia, se trataba sobre un señor muy conocido en la comunidad, cuya labor principal estaba relacionada con la caza. Recuerdo perfectamente que su relato me dejó impactado, pero a mis escasos 7 años de edad no tenia ni los medios ni las herramientas literarias como para plasmarla en un escrito coherente. La idea vagó mucho tiempo por mi mente y algunos de aquellos datos incluso llegaron a desvanecerse, hasta que finalmente una tarde de agosto, en la que el olor a tierra mojada y el sonido de la lluvia trajeron a mi mente una indescriptible carga de nostalgia, las palabras empezaron a fluir y nació el escrito que ahora les presento. Espero que de alguna manera logre llamar su atención.


El Curandero

Dicen que se salvó de milagro y que casi se muere desangrado, porque pasó más de una hora y todavía sangraba, como si cada poro de su cuerpo llorara por una pena muy antigua, una de esas penas que no conoce consuelo. Ningún ungüento de los que le pusieron fue capaz de coagular su sangre y nada de lo que le decían podía volverlo a la realidad.

El viejo estaba sumamente pálido por la pérdida de sangre y sudaba abundantemente. Su sudor era de esos sudores fríos que huelen a miedo, parecía que estaba negociando términos injustos con la muerte y murmuraba cosas que todos escuchaban, porque no eran murmullos normales, eran palabras que trataban de aferrarse a este lado de la vida. Nadie le entendía, era como si hablara otro idioma, como si su agonía le condujera por un camino antiguo y escabroso, rumbo a aquellas montañas donde creció y donde ahora parecía estar perdido. Todos los que se amontonaron tratando de prestarle ayuda lo escuchaban desconcertados porque sus palabras no tenían pies ni cabeza, y no era para menos, aquel hombre incoloro asemejaba estar poseído por un extraño demonio o por una infinidad de demonios que se arremolinaban en su interior y le ensombrecían los ojos, compitiendo por su cuerpo y su alma.

Él era una persona muy conocida en el pueblo; sus cualidades de buen curandero se habían propagado por toda la región y por ello todos le guardaban respeto y agradecimiento. Diariamente llegaba a consultarle gente proveniente de distintos lugares; por lo general todos eran gente pobre, de esa que no tiene sosiego por tanto fantasma furtivo que no acaba de morirse y tanta miseria que les agrieta la sonrisa.

El curandero les daba paz, de alguna forma encontraba el remedio y les daba la esperanza en dosis exactas y controladas de tal forma que nadie salía inconforme de su casa.

Su especialidad era curar las almas. Mi padre me lo contó una tarde: “siempre les daba paz y apaciguaba a sus muertos o los adormecía con sus palabras sabias. Decían que nadie entendía mejor a los muertos”. Así me lo contó mi padre aquella tarde de septiembre mientras la lluvia caía sobre los maizales. Por él sé la historia, y sé también que el viejo no era un hombre malo. Simplemente se lo comió el destino, así como se come a los cerros y a las milpas, así como una noche se comió a mi abuelo, así como se come a tanta y tanta gente.

Todo empezó una tarde en que el viejo salió de cacería, acostumbraba hacerlo cada cuatro días, pues era uno de los mejores cazadores de la región. Más de una vez alguien lo acompañó y jamás regresaron decepcionados o con las manos vacías. La cacería era para él algo más que un oficio y conocía con detalle todos sus secretos; la montaña, las aves, los cedros y los huanacastles; conocía las estrellas y la oscuridad. Cualquiera que le hubiera acompañado en una de sus faenas podría asegurar que poseía un temple de acero, y que el miedo no era para él una palabra muy significativa. Muy a menudo subía y bajaba de las altas montañas donde la luz del día es escasa y la oscuridad y el frío son cómplices predestinados, y nunca se inquietaba.

Conocía su oficio, era cazador, pero ahora en este caserón grande que había construido exclusivamente para recibir a sus enfermos, sentía el terror de la presa. Los minutos eran horas de angustia, el ruido y el alboroto de la gente eran para él un silencio frío. Repentinamente había sido transportado a otro mundo y se había olvidado de la pronunciación de las palabras; por eso los gritos de auxilio y terror se le apuñuscaban en la boca y se entremezclaban unos con otros formando murmullos infrahumanos sin sentido alguno. Hasta los recuerdos se confundían en su memoria; se unían y se desunían su época de cazador y la de curandero. Mientras apuntaba con su escopeta a un venado se veía practicando sus rituales junto a un enfermo.

Trataba de tener calma, de ordenar sus pensamientos, pero era difícil; con los ojos exageradamente abiertos no veía más que su pasado y con todas sus fuerzas trataba de darle sentido, de convencerse que no merecía esta situación y que su estado no era más que una broma del destino.

Pasados unos minutos sus recuerdos empezaron a tener sentido y pudo apartar la infancia de su juventud y finalmente la cacería de su etapa de curandero. Se vio como niño al lado de su padre recorriendo los rincones más recónditos de las montañas, como joven cotejando a las muchachas de la región y se detuvo cuando llegó Esteban “el cazador”, el dueño de las montañas y de sus bestias, el dueño del día y de la noche, del frío y del calor, el vendedor de carne..., el temerario.

Las montañas eran su casa y para todos era normal verlo bajar de ellas con dos lozanos venados atados en el lomo de su mula alazana, una mula de tamaño descomunal que él mismo había criado y entrenado exclusivamente para los días de cacería. El animal era una de sus principales herramientas.

Era tanta su certeza en la caza, que su esposa, vendía tranquilamente y por anticipado, parte del resultado de la cacería. Ella era una mujer pequeña y delgada, de edad muy similar a la suya y lo admiraba por su certeza y sangre fría. Siempre le despedía por las tardes cuando él salía y le recibía por las madrugadas cuando acostumbraba regresar y tenían ya cinco o seis encargos de carne que atender.

Mi padre hizo una pausa e inició el relato de lo que sucedió aquel día de junio, cuando el destino marcó la vida de Don Esteban.

La montaña estaba grisácea y los caminos húmedos y resbaladizos, difuminados por la niebla, advertían complicaciones. Era una de esas tardes que prometía lluvia, pero una lluvia que todos esperan y que nadie se atreve a maldecir, pues se extiende suave y verticalmente sobre los campos y las montañas. Era una tarde como muchas otras, su esposa lo despidió con la seguridad y alegría de siempre y se apresuró a desearle suerte, aunque él contestara que no la necesitaba. Llevaba como siempre la mula alazana, la escopeta de doble cartucho, la capa de a caballo y todos los demás utensilios propios de la cacería. En poco tiempo llegó a lo más espeso de la montaña y pensó en establecerse por esos lugares para hacer menos tedioso el descenso, pero algo repentinamente se alojó en sus meditaciones; una idea, una sensación de ir más lejos, de buscar, de encontrar y regresar a la mañana siguiente con los mejores venados que nadie en la región hubiera cazado en su vida. Y fue así como se aventuró hasta el “ojo de agua”, una hermosa vertiente situada en lo más alto de la montaña, donde la madre naturaleza había agrietado los cerros, y de ellos brotaba el agua más cristalina de la región. Todos decían que allí se detenían para saciar su sed los más lozanos venados, que buscaban en lo alto de la montaña el mejor refugio contra cualquier cazador, pues el acceso hacia aquellos parajes era bastante difícil.

Pero él era el mejor y todos lo sabían, y él lo sabía. Nunca nadie tuvo tanto tino al disparar su escopeta y era difícil que alguien regresara tan pronto de las montañas, con dos o tres venados en su mula; pero aun así la necesidad de demostrar su supremacía y la soberbia natural le hicieron encaminar su mula hacia ese manantial. La gran potencia del animal y su habilidad para conducirlo pronto le permitieron recortar la distancia hacia su destino. Mientras avanzaba, el silencio nocturno eventualmente perturbado por el canto de lechuzas y cenzontles, penetraba entre sus ojos. No era nada distinto para él, esa era su vida, su oficio. Ni aún las supersticiones sobre aquel lugar lo inmutaban. La gente decía que ese ojo de agua no era un lugar propicio para las almas, que algo extraño bañaba esas tierras y hacía insano el oficio de la cacería. A él no le importaba y siempre regañaba a quienes albergaban esas estúpidas creencias.

Así siguió su camino y  al fin pudo escuchar el murmullo inconfundible del agua al brotar de las enormes piedras. Ese era el ojo de agua y era también el lugar que irremediablemente el destino le había reservado. Allí decidió instalarse; bajó de su mula, la ató a las ramas de un árbol y le puso los tapaojos. Conocedor del oficio de su amo, el animal guardó absoluto silencio pues era ya el cómplice perfecto para esta actividad.

No fue necesario que esperara mucho tiempo, en menos de media hora, una presencia irrumpió el silencio; un joven venado de un tamaño envidiable llegaba a beber del manantial. Él, estremecido de la emoción, preparó su escopeta y su lámpara y esperó el mejor momento para disparar. Cuando el venado volvía de beber agua, le dirigió directamente la luz de la lámpara y confiando en su buen tino, disparó de inmediato. El pobre venado emitió un lastimoso quejido que en poco tiempo se perdió en la oscuridad e hizo que el viejo se regocijara internamente.

Guiado por la linterna empezó a buscar a su presa en la zona a donde había dirigido su disparo. Después de 15 minutos de búsqueda y ya bastante irritado por este contratiempo se detuvo para analizar la situación, sin dudar claro, de la certeza de su disparo. Supuso que el animal herido de muerte pudo haber caminado algunos metros antes de desplomarse, por lo cual amplio su radio de búsqueda, con pocos resultados. Furioso y desesperado maldijo su suerte e internamente se preocupó por el desatino.

De regreso a su trinchera tropezó con algo que llamó terriblemente su atención, bajo la luz de su linterna constató que era una de las extremidades delanteras de aquel pobre animal que había sido arrancada por la violencia del disparo. Sin duda alguna, el venado pudo huir y desangrarse hasta morir muy lejos de esta zona.

Todas las ideas que de pronto le golpearon la conciencia lo dejaron petrificado y pálido. Él era un hombre sobrio e inteligente, pero la escena y el ambiente en el que se encontraba debilitaron su espíritu a un grado extremo. Fue como si lo invadieran repentinamente los mil demonios de la culpa y del miedo, como si todas sus presas vulneraran su temple hasta saciarse, como si el mundo repentinamente se tornara gris y gélido.

Estuvo así, derrumbado en la hojarasca, por varias horas hasta que el color y la conciencia volvieron a su cuerpo y pudo regresar a su casa guiado por la mula y, esta vez, con las manos vacías.

Llegó a su casa por la madrugada; su esposa salió a recibirlo y también cayó en el asombro, no sólo por que el viejo regresaba sin nada, sino también por el aspecto de fantasma que traía sembrado en la cara. Le ayudó a desmontar y lo acompañó hasta el dormitorio, todavía incrédula de lo que estaba aconteciendo.

Don Esteban tosió y una voz temblorosa salió de sus labios para relatar con detalle lo que le había sucedido. -No volveré a cazar- dijo al final- he perdido el temple y el valor que me lo permitían. Después se quedó dormido por el cansancio.

Desde entonces empezaron las pesadillas. Una y otra vez la escena del venado lo perseguía. A veces él era el cazador y otras muchas la presa. Experimentó el terror en muchas de sus manifestaciones; veía sus extremidades separadas de su cuerpo, veía su dolor y su sangre esparciéndose en el ambiente.

Muchos meses vivió atormentado y buscando un consuelo para sus culpas. Visitó centros espiritistas y templos religiosos, aprendió a orar y a congraciar su alma, hasta que poco a poco las pesadillas se fueron enrareciendo y aquel día tan funesto pasó a formar parte de su recuerdo.

Su recién adquirida fé lo llevó a más; una tarde mientras visitaba a unos vecinos para darles consuelo, pues tenían una hija muy enferma, se dio cuenta que podía curar. Mientras pasaba la mano por la frente de la niña y deseaba fervientemente que ésta sanara sucedió el milagro; la chiquilla abrió los ojos y pidió agua, poco tiempo después comida y finalmente pudo levantarse. Esto fue interpretado como un acto milagroso y a partir de allí su fama de curandero se fue difundiendo de poblado en poblado.

Aprendió mucho en poco tiempo y se hizo un hombre sabio y condescendiente con todos, talvez porque creía que sólo así purgaría sus culpas y erradicaría para siempre la vigilia.

Los años pasaron y sus facultades se hicieron cada vez más populares. Apenas y recordaba su pasado.

Un día, de lo más alto de la sierra llegaron al pueblo unos viejecillos bastante humildes y maltratados por los años. De inmediato llamaron la atención pues llevaban sobre un asno a un joven como de 25 años y con las manos atadas por la espalda. Los viejecillos contaron que hace unos años regresó como loco de las montañas. Al principio sólo gritaba y tiraba cosas, pero con los meses fue haciéndose más y más agresivo, al grado de que ya no podía estar en paz con sus abuelos. Habiendo escuchado de las facultades del curandero, los ancianos decidieron hacer el viaje, buscando una posibilidad de cura para su nieto. Ellos aseguraban que tenía al diablo dentro, pues eran incontrolables sus ataques de ira.

Era día domingo y como de costumbre el caserón del curandero estaba atiborrado de gente que buscaba el remedio contra todos sus males. Los viejecillos llegaron y se instalaron en el patio esperando su turno. Alguien rozó al asno  con un saco y éste se asustó tirando al muchacho, quien al caer pudo librarse de las cuerdas con las que débilmente le había atado su abuelo. Se incorporó iracundo y gritando como loco.

El viejecillo corrió hasta el consultorio del curandero para pedirle ayuda, entró y le suplicó a don Esteban que curara a su nieto que estaba endemoniado.

Afuera, el joven se había apoderado de un filoso machete y corría desbandado amenazando a todos los presentes. Sus gritos eran de furia y dolor. El machete emitía un horrible estruendo cuando lo azotaba contra el piso empedrado.

Don Esteban pidió a varios campesinos que le ayudaran a sujetar al muchacho para poder curarlo. Cinco personas salieron con él y rodearon al demonio que blandía el machete. El curandero lo vio a los ojos y trató de apaciguarlo con la mirada, pero por un momento vinieron a su mente las pesadillas y la culpa, que desde hace tiempo ya no lo atormentaban. Se distrajo por unos segundos y cuando reaccionó el joven estaba frente a él, con sus ojos de diablo y su color de sombra, descargando toda su ira con el machete y desprendiéndole de un sólo tajo la totalidad de su brazo derecho.

Libre al fin, el joven tiró el machete y corrió velozmente hacia las montañas. Muchos juran que entre los matorrales adquirió la forma de un lozano venado.


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